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Tercera Sección

 

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9- Pacodependencia. (Nelson Cesin)

10- El espejo. (Eduardo Galeano).

11- El fútbol como excusa.(Jorge Barreiro / Raúl Zibechi)

12- Metamorfosis de un deporte. (Amir Hamed)

 

9- Pacodependencia

Nelson Cesin


Se lo recuerda como un lateral mediocre, de aquellos que apenas se defienden con las dos piernas. Fanático de Peñarol, nunca pudo vestir su camiseta, pero hoy se lo encuentra entre sus socios vitalicios. Nació en San Pablo, Brasil, y se crió en el barrio Bella Vista, Montevideo, donde el esfuerzo familiar consiguió costearle algunos años en el colegio San Francisco de Sales. De chiquilín fue alcanzapelotas. De adolescente, jugador en las inferiores de Defensor. De adulto, sólo consiguió alternar 14 partidos con el equipo mayor de los violetas. El resto de su currículum deportivo estaría destinado al olvido: su ficha marca un pasaje por el Vasco Da Gama, donde no jugó, y de allí a Nacional, en el que tampoco jugó, para terminar su carrera en Fénix, por el 80. Al filo de sus 30 años, el futbolista Francisco Casal descubrió que ése no era su negocio, y decidió abandonar las canchas... para vivir del fútbol.


Los memoriosos asocian la irrupción del empresario "Paco" Casal a su primera gran operación: la venta a un club mexicano del futbolista de Nacional Juan Ramón Carrasco, en el 88. Desde entonces demostró sus habilidades en el terreno de las vinculaciones (sobre todo con el ambiente europeo), que le permitieron, apenas dos años después, aparecer como el representante de los jugadores más destacados de la selección uruguaya que disputó el Mundial de Italia 90: Daniel Fonseca, Nelson Gutiérrez, José Perdomo, Ruben Sosa, Ruben Pereira, Pablo Bengoechea, Carlos Aguilera y Enzo Francescoli eran jugadores "de Paco". Tantas y tan selectas alcanzaron a ser sus conexiones que hasta el presidente Julio María Sanguinetti llegó a pedirle que le facilitara un acercamiento con el magnate Gianni Agnelli, número uno de la multinacional fiat y propietario del Juventus. El resto del periplo empresarial de Casal ha sido motivo de mayor difusión, aunque el proceso de "Pacodependencia" se vuelva cada vez más sorprendente, como lo atestiguan la reciente adquisición del "paquete" de jugadores de Bella Vista y sus derivaciones, y la compra de los derechos televisivos del fútbol uruguayo durante una década por la empresa Tenfield, cuyas caras visibles son Casal, Francescoli y Gutiérrez. En el milenio que se avecina, el sueño en los potreros ya no será llegar a vestir "la celeste" sino pertenecer algún día al "grupo Casal".


Yo, el supremo, il padrino. Los buenos oficios del representante Casal demostraron que era posible valorizar a los protagonistas del espectáculo (no a todos, claro, sino a aquellos que podían cotizar en la bolsa), defenderlos del cuasi desprecio económico al que eran sometidos por los clubes, devolverles una pequeña porción de ese gran negocio que generaban. Hasta principios de los noventa, los dirigentes de los clubes todavía eran los dueños de las decisiones en un fútbol pobre y mal conducido, y Casal un empresario en franco ascenso que se apoderaba de las piernas de los principales jugadores pero no participaba en la cocina política del deporte. La designación de Luis Cubilla al frente de la selección, en el 91, marcó el punto de inflexión y el inicio de "la era Casal". Las viejas cuentas pendientes entre el empresario y el técnico celeste -originadas, en opinión de ciertos especialistas, en la comisión por la venta de Alberto Bica a tierras colombianas-, derivaron en la histórica negativa de los "repatriados" (los que jugaban en Europa) a integrar la selección, confirmando que el contratista se había apoderado no ya de los pases sino de las decisiones de los jugadores. Y la huelga de futbolistas del 92, a raíz de un incidente con un jugador de Basáñez, uno de los amores del contratista, terminó de demostrar el poderío de la palabra de Casal.


Amo y señor de la materia prima, el resto de la erosionada arquitectura futbolística se fue derrumbando a sus pies. La supervivencia de los clubes se tornó cada vez más tributaria de la venta de jugadores. Varias de las instituciones comenzaron a depender de los favores económicos del empresario, so pena de no poder empezar un campeonato o, simplemente, de marchar a la ruina. Entre los dirigentes, quien más quien menos le debía alguna ayuda. Sea porque había levantado la hipoteca de algún endeudado (caso del exárbitro y expresidente de Rampla Juniors Ramón Barreto, quien reconoció públicamente el favor y llegó a decir que "Por Paco hago cualquier cosa"), o porque había mandado a parar la mano con amenazas anónimas ajenas a los asuntos del fútbol contra ciertos dirigentes (como le ocurrió a un integrante de la directiva de Peñarol, quien relató el episodio a BRECHA en clave de agradecimiento al empresario). "En su forma de vida, es amigo de los amigos y por ellos es capaz de dar la vida", lo describen algunos de aquellos que le deben alguna pierna, y en la descripción van dibujando la típica conducta de un empresario devenido "padrino", que sabe apelar a los "ñatos" de Basáñez para "proteger" a sus amigos.


La digitación del técnico de la selección, Daniel Passarella, y la compra de los derechos de televisación cerraron definitivamente su círculo de poder sobre toda la estructura del fútbol uruguayo, en una jugada empresarial de largo aliento sumamente coherente desde la óptica de sus réditos económicos: los 60 mil dólares mensuales que el "grupo Casal" abona a Passarella habrán de redituar con creces en la mejor imagen internacional de "la celeste" y, por ende, su comercialización por todo concepto, desde los calcetines hasta los derechos por las emisiones de tevé, dejará aun mejores dividendos.


Pero todo ejercicio de poder demanda su fachada para seguir operando con cierta impunidad, y esa fachada fue lo que estuvo a punto de perder Casal en su último y brillante negocio de compra de jugadores. A fines de julio, al cabo de arduas y accidentadas negociaciones, adquirió los pases de cinco futbolistas de Bella Vista, club que recibió 4,2 millones de dólares por todo "el paquete". A la semana siguiente trascendió la operación que el contratista había anudado antes de la compra del paquete: la venta en 3,873 millones de dólares al Atlético de Madrid de uno de los cinco futbolistas del "paquete", Leonel Pilipauskas, de cuyo monto 3,1 millones (75 por ciento de lo que costaron "los cinco") fueron a dar a los bolsillos de Casal. El acuerdo no firmado con Bella Vista incluía la solicitud de un período especial de pases por parte del club para que el contratista pudiera negociar el pasaje de otros tres jugadores del "paquete" a Peñarol. El escandalete en el mundillo futbolístico fue mayúsculo: el período especial de pases sólo se podía habilitar mediante una grosera violación de la reglamentación vigente, precisamente lo único que daba apariencia de poder a la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF). Nacional encabezó la oposición a la violación del estatuto, un tanto por cuestiones de principios y otro tanto porque no le hacía gracia que su rival saliera favorecido con la operación, pero las razones últimas de que Bella Vista desistiera de presentar la solicitud de un nuevo período de pases residen en la voluntad del propio Casal, quien reaccionó a tiempo y evitó que se perdiera la coartada de una AUF "soberana".


Con todo, la jugada del empresario trascendió el ambiente especializado y consiguió poner los pelos de punta a varios representantes políticos de distintas tiendas partidarias. El diputado colorado Carlos Lago, por ejemplo, consideró que "la concentración de poder revela una descomposición del fútbol uruguayo", y, aludiendo al presidente de Venezuela, dijo que "Casal se está transformando poco a poco en el Chávez del fútbol porque tiene poder y mando absoluto". Lago también aseguró que "el poder del dinero" consigue "comprar" los votos de algunos clubes, y que "entre la venta de seres humanos que juegan al fútbol y la de mujeres que ejercen la prostitución, la trata de blancas, no hay mucha diferencia". El diputado nuevoespacista Ricardo Falero, en tanto, opinó que los que "mandan en el fútbol son los empresarios y no los dirigentes ni los asociados ni los hinchas, ni siquiera los delegados a la AUF. Son los empresarios que hoy tienen los jugadores, el poder de decisión, el poder de los medios, los pases, la política del fútbol, la forma en que se nombra la selección y a quiénes juegan o no en ella". De paso, Falero recordó la fenomenal evasión impositiva que encubre los pases de futbolistas (programa En Perspectiva, de Radio El Espectador, 29-VII-99).


El periodista Atilio Garrido (Ultimas Noticias), gerente comercial de Tenfield que oficiara de puente entre Casal y el gobierno de Luis Alberto Lacalle, vino a poner los puntos sobre las íes recordando durante un programa deportivo que en el mundo del fútbol Eugenio Figueredo, presidente de la AUF, es "la reina Isabel", Juan Damiani, delegado de Peñarol, "el príncipe Carlos", y el grupo Casal "Tony Blair, porque es el que manda". Claro que para Garrido "eso es beneficioso porque el sentido empresarial ha permitido cosas históricas que, en el manejo diario, la gente no se da cuenta", y ha favorecido que "el fútbol esté privatizado y muy bien encaminado".


Derechos de televisación. Los dichos de Garrido adquieren veracidad apenas se analizan otras aristas de esa "Pacodependencia", como el abultado negocio de los contratos televisivos para los torneos locales e internacionales, sean de clubes o selecciones, y su larga cadena de derivados. La historia comienza hace casi exactamente un lustro, cuando la empresa argentina Torneos y Competencias (tyc), cuyo paquete accionario controlaba el grupo del diario porteño Clarín e integraban, con participaciones menores, los empresarios Carlos Avila y Casal, adquirió los derechos de televisación del fútbol uruguayo hasta junio de este año, por un monto de 3,2 millones de dólares. tyc utilizaba como boca de salida para sus imágenes al canal cable tvc, también controlado por Clarín en sociedad con el grupo Otegui.


El contrato entre la AUF y tyc significó una afrenta para los canales privados, habituados hasta entonces a emitir goles y partidos sin desembolsar un peso. La cabeza de Casal rodó en la época por cuanto programa deportivo emitieran el 4, el 10 y el 12. Los periodistas Carlos Muñoz (Saeta) y Alberto Kesman (Teledoce) sirvieron como punta de lanza de la ofensiva de los canales, y denunciaron durante meses la genuflexión de los dirigentes del fútbol ante la prepotencia de un empresario, espetaron sapos y culebras contra ese "magnate de nuestro fútbol" que se arrogaba el derecho de negar "al pueblo" la emisión de los goles por tevé abierta (olvidaban que los goles, y algo más, eran emitidos los domingos de noche por las pantallas del 5). Fuentes bien informadas relataron a BRECHA que Casal llegó entonces hasta Canal 10 con el propósito de negociar algún acuerdo con el directivo Omar de Feo, pero su secretaria le respondió que no lo podía atender. "Chiquita, te prometo que en unos años voy a volver con un regalito para vos, y en ese momento no hará falta ni que me anuncies", aseguró Casal a la secretaria de De Feo. Cinco años después cumplió su promesa y se verificó su pronóstico.


El 20 de noviembre de 1998 la AUF vendió hasta el 2008 unos derechos de televisación que en el transcurso de los cinco años anteriores habían incrementado 18 veces su cotización. Poco importaba el aumento de valor del espectáculo deportivo en los próximos diez años, pues al fin y al cabo las negociaciones del 94 como las de ahora tenían algo en común: la presencia del contratista Casal, esta vez como integrante de la empresa Tenfield. Sólo una relación de fuerte sumisión puede explicar la firma de un contrato tan favorable a la firma de Casal-Francescoli-Gutiérrez (véase recuadro), puesto que de otro modo habría que admitir la ausencia de una elemental visión comercial de parte de los dirigentes deportivos, algo muy improbable en operadores de la talla del contador José Luis Damiani, el presidente de Peñarol. Lo cierto es que la AUF recibió de Tenfield 50 millones de dólares (pagaderos en cómodas cuotas) a cambio no sólo de los derechos televisivos del fútbol durante una década sino también de los de esponsorización, venta de publicidad en sus diversas formas, explotación del merchandising, y varios etcéteras. Rechazó, en cambio, la oferta de la firma Barsabel (propietaria de tvc), superior en 32 millones de dólares a la propuesta ganadora y con un aditivo nada menor: ofrecía a los clubes una participación del 70 por ciento en los beneficios derivados de los derechos de televisación al exterior, esponsorización, venta de publicidad estática y demás. Una fuente vinculada a tvc en el momento de las negociaciones reconoció a BRECHA que "sólo" con su participación en el aditivo ofrecido a los clubes la empresa "recuperaba, incluso superaba en algo" la inversión global de 82 millones de dólares.


Algunas versiones responsabilizaron del insólito negocio al Ejecutivo de la AUF, pero a juzgar por los datos de la realidad la última responsabilidad recayó en la Asamblea de Clubes (depositaria de la soberanía), que casi por aclamación votó a favor de la peor oferta. Las únicas excepciones fueron las de Nacional, River y Liverpool. Con todo, después se supo que el acuerdo aprobado en mayo del 98 por los clubes estaba sellado varios meses antes mediante un "adelanto" de 1,9 millones de dólares que Casal entregó a la AUF para que pudiera comenzar el torneo Apertura de ese año, y por el cual se le extendió un recibo "a cuenta del precio de venta de los derechos de televisación", que hasta entonces nadie había concedido.


Por el lado de las empresas que "compitieron" por los derechos, el proceso no fue menos turbio. Según las fuentes consultadas, al grupo Otegui, accionista minoritario de Barsabel, con la pérdida de los derechos de televisación se le escapaba el principal atractivo de la escasa programación de tvc, la exclusividad de las trasmisiones del fútbol, y con él unos cuantos miles de abonados. Pero el grupo Clarín, con un pie en Barsabel y otro en tyc, percibía que las trasmisiones únicamente por la vía de tvc no rendían buenos dividendos y temía que una puja empresarial pudiera elevar en exceso el precio a pagar por los derechos televisivos. De allí que tyc renunciara finalmente a ejercer su derecho de renovar el contrato, igualando la oferta de Tenfield, y optara por negociar un acuerdo con Casal que se extendió a Barsabel. Esta última empresa también recibe ahora las imágenes en directo de los partidos, salvo el de los sábados, en una suerte de favor por la "docilidad" demostrada ante la pérdida de la exclusividad.


¿Quiénes integran, a todo esto, la empresa Tenfield? ¿Cuál fue el acuerdo que permitió a los canales privados recuperar la exhibición de imágenes que habían perdido cinco años atrás? Curiosamente, ningún medio informativo ha conseguido manejar una versión oficial acerca de estas interrogantes; tampoco BRECHA pudo acceder a ella: el representante más visible de Tenfield, Nelson Gutiérrez, no respondió a ninguna de la media docena de llamadas que se le cursaron. De modo que sólo queda ceñirse a versiones de fuentes oficiosas que señalan a los tres canales privados como "cotizantes" de la mayor parte de los 50 millones ofrecidos por los derechos televisivos, y a Tenfield como una sociedad compartida entre el grupo Casal y la empresa brasileña Traffic. El principal beneficio del oligopolio televisivo privado sería el sustancial incremento de abonados debido a la atracción del fútbol en directo. Para acceder a esas imágenes (y a las de otros 14 canales temáticos) los montevideanos abonados al cable deberán agregar a los 300 y pico de pesos de abono que pagan hoy otros 129. La duda de muchos suspicaces reside en cuánto podría incrementarse ese costo extra con el correr del tiempo. Nada impide en principio que mañana aparezcan publicidades como éstas: "Viva desde su sillón el primer Mundialito del milenio por un costo adicional de tan sólo...", o "No se pierda el vibrante clásico que define el campeonato por un costo adicional de...".


El arreglo incluiría que los dividendos obtenidos por la venta de publicidad en las trasmisiones televisivas y sus productos derivados, como el programa deportivo Pasión, quedaran en manos de Tenfield.


De todos modos, el acuerdo entre el grupo Casal y los canales debió superar los escollos de toda negociación entre poderosos. El proceso demandó incluso la intervención política desde el Edificio Libertad, pues no era sencillo sentar en una misma mesa al propietario del producto con los dueños de las imágenes y hacerles entender que había que superar viejos enconos. No en balde las relaciones se aceitaron en Canal 10, con el cual el presidente de la República mantiene excelentes vínculos, al tiempo que el articulador de las negociaciones fue el periodista Juan Carlos Scelza, íntimo del abogado Julio Luis Sanguinetti, hijo del presidente, delegado de Peñarol y fervoroso partidario del negocio con Tenfield, empresa de la que sería asesor legal.


El convenio, sin embargo, tuvo derivaciones en el ambiente del periodismo deportivo, que ahora levantó una frontera entre los profesionales "paquistas" y los "independientes". Como sea, el staff de Pasión (que se emite los domingos a la noche por el cable) expresa cabalmente el entendimiento Casal-canales. Según el reparto de tareas, Scelza se convirtió en el presentador estrella del programa, conducido por Sergio Gorzy y Jorge Crossa, ambos colaboradores inquebrantables de Casal, con la participación lateral, en espacio y funciones, de los representantes de los tres canales de aire privados, Máximo Goñi (por el 4), Muñoz (10) y Kesman (12), quienes debieron tragarse los sapos y culebras que alguna vez dirigieron a Casal.


"Goles para todos" fue el eslogan utilizado por los otrora anticasalistas para justificar el cambio de senda. Decía Kesman en mayo del 98 al diario El País: "Desde el principio fui un luchador incansable para que los goles pudieran ser difundidos por televisión abierta y que todos tuvieran la posibilidad de verlos Al conocer esta noticia (la firma del contrato entre la AUF y Tenfield) todos debemos festejar". Muñoz agregaba: "He mantenido diferencias de enfoque y de criterio con Francisco Casal, incluso con Francescoli por asuntos de la selección, pero eso no me pone una venda en los ojos y me permite reconocer que se está haciendo un muy buen negocio para el fútbol uruguayo". Declaraba Casal, también a El País, en octubre del 98: "(...) En lo particular dije en algún momento que había que dejar las guerras intestinas de lado. (...) En la medida que todos nos demos cuenta de eso y que juntos apuntemos a un mismo proyecto, la mejora será también para todos".


Los "goles para todos" ahora se emiten con una economía de espacio asombrosa, y apenas incluyen el pase anterior que desemboca con la pelota en la red. Por otro lado, los partidos se juegan en campos de deprimente calidad (Troccoli, Las Acacias, Charrúa), una paradoja en la perspectiva de ofrecer "un mejor espectáculo televisivo". En primera instancia, dos de las mejores canchas (el Saroldi y el Franzini) quedaron excluidas. Dato a tener en cuenta: el Saroldi es de River, que votó contra la cesión de los derechos a Tenfield, y el Franzini de Defensor, cuya dirigencia, a pesar de haber aprobado el acuerdo, es conocida por su "independencia" frente a Casal.


La prueba más patética de que el verdadero negocio es para muy pocos estuvo en el encuentro que disputaron Peñarol y Rampla, el domingo 15: 11 de los 22 protagonistas del espectáculo salieron a la cancha por amor al arte, pues hace varios meses que a los jugadores de Rampla no se les paga el sueldo. Esa noche, como todas las demás, Marcelo Segales, que anotó dos de los seis "goles para todos" de ese encuentro, acabó durmiendo en una piecita de la sede del club.


Extraños virajes
Etica y periodismo deportivo


En su edición del 4 de agosto, la revista Guambia recabó la opinión de los principales periodistas deportivos del medio acerca de las nuevas relaciones de dependencia con el grupo Casal. Las reflexiones muestran una curiosa unanimidad en torno al "poder" del contratista, y cualquier lector desprevenido podría pensar que todos los consultados están enfrentados al "monopolio" de Casal. Veamos, para empezar, la reflexión de algunos de los contratados por Casal.


Alberto Kesman: "La influencia (de Casal) es total y absoluta; es él quien soluciona las cuentas a los equipos, quien compra los derechos de televisación a la AUF y a partir de esto quien fija los partidos, quien maneja los jugadores; en definitiva es el zar del fútbol uruguayo. (...) En cuanto a la influencia sobre el periodismo, depende de los periodistas. En el caso mío no, porque estoy seguro de mí. El día que no actúe con independencia me retiro de esto. No me siento presionado y no ha sido así En esto he dicho mi opinión: a mí no me gusta que exista un monopolio, me gustaría que existiera más competencia, porque de lo contrario pueden aparecer las suspicacias".


Carlos Muñoz: "Existe una concentración de poder. Yo no afirmaría que (Casal) es el dueño del fútbol, pero es cierto que la mayoría de los clubes le deben favores. (...) Nadie puede desconocer que la palabra de él tiene un poder bárbaro, pero el tema es que ese poder se lo dieron, ¿y quién tiene la culpa, el chancho o quien le rasca el lomo?.A mí los monopolios nunca me gustaron, pero cuando existen por algo es. (...) (En el acuerdo con Tenfield) quedó preestablecido que existía una total libertad para opinar lo que cada uno creyera conveniente".


Jorge Crossa: "Después de 37 años en el periodismo deportivo tengo una absoluta tranquilidad de conciencia: a mí nadie me ha dicho que hable en favor de nada (...). Pero yo jamás hablé bien de Paco o de cualquier jugador: yo seguiré siendo el mismo hombre y periodista recto (...). Mi amistad con Paco en esto no incide. En Tenfield tengo absoluta libertad, hay respeto hacia las trayectorias, la honestidad, la ética y la moral. Soy el conductor periodístico de Pasión y lo soy a partir de éstas, que son mis reglas de juego (...). Aquí no hay amos: hay una gran organización que procura mejorar el fútbol uruguayo".


Ahora, la reflexión de los que no integran la selección del contratista. Lalo Fernández: "El fútbol va a mejorar de rebote. Porque nadie invierte en ningún negocio para perder. Entonces la selección tendrá que andar bien y jugar muchos partidos, los clubes tendrán que mejorar para tener un campeonato uruguayo más atractivo, y así nuestro fútbol será más vendible. No sé si Casal se está transformando en un salvador de periodistas, pero sí se está transformando en un patrón de periodistas. Si eso es malo no sé, dependerá de la buena voluntad del que manda y del orgullo y la honestidad del empleado que escucha al patrón".


Jorge da Silveira: "Hace 15 meses recibí a través de un amigo el ofrecimiento de Casal para formar parte del programa (Pasión). Medité unas horas y respondí que agradecía muchísimo la atención pero que no podía formar parte del mismo. Por dos razones: dado el creciente poderío de Casal no creía bueno tener una relación de dependencia con él, que pensaba podía coartar mi libertad periodística. En segundo lugar, porque es notorio que no tengo relación con Francescoli.( ...) Mientras no se pueda hacer una actividad televisiva al margen de Tenfield, no voy a hacer televisión". Por lo demás, el multifacético Julio Sánchez Padilla, conductor de Estadio Uno por Canal 5 y famoso por su anticasalismo, opinó, en diálogo con BRECHA, que en el ambiente del fútbol "todo el mundo está en la mafia y el que no está, quiere entrar". Sánchez consideró que Casal es "el dueño del fútbol" merced a la incapacidad de los dirigentes para calibrar "en toda su magnitud el negocio", auguró que la hegemonía del contratista se mantendrá "por lo menos durante los próximos 50 años", y entendió que es "el público quien debe juzgar la conducta de los periodistas que se integraron a Pasión".


Con Tenfield
Un contrato leonino


A nueve meses de su firma, el contrato entre la AUF y Tenfield sólo es conocido por un reducido grupo de dirigentes y empresarios vinculados al fútbol. A BRECHA, su obtención le demandó un trabajo prácticamente de inteligencia militar, con sutiles persecuciones y contactos al borde de la clandestinidad. Las cláusulas contenidas en ese contrato sugieren los motivos de tanta discreción.


Para el caso de las selecciones nacionales, la AUF cedió al grupo Casal: "A) Los derechos de publicidad estática audiovisual, publicidad virtual y de trasmisión televisiva y/o audiovisual para la explotación comercial de los encuentros de fútbol correspondientes a la selección nacional de mayores y juveniles. B) Los derechos televisivos y/o audiovisuales, estática audiovisual y publicidad virtual para Uruguay y el resto del mundo de los partidos correspondientes a las eliminatorias para los mundiales a disputarse en los años 2002 y 2006; los partidos y torneos de la selección (en todas las categorías y en especial las de mayores y juveniles) que se disputen en el territorio de Uruguay, incluidas la Copa Río de la Plata, el Mundialito y cualquier otro torneo a realizarse en Uruguay. C) Derechos de esponsorización exclusiva sobre la vestimenta en general y ropa deportiva de las selecciones uruguayas en competencias oficiales, amistosas y en entrenamientos (...), así como la contratación con distribuidores y fabricantes de la vestimenta en general. D) Derechos sobre la utilización exclusiva de cualquier elemento identificatorio de las selecciones nacionales o de la AUF, en productos que se comercialicen o que puedan ser comercializados. En consecuencia, Tenfield tendrá derecho a la utilización comercial del nombre o denominación 'Selección Nacional' y sus colores identificatorios. E) El derecho de Tenfield a organizar hasta tres partidos por año de la selección nacional en el Uruguay o en el exterior, siendo de Tenfield los derechos por cachet o recaudación que pudieran corresponderle a la AUF. F) Los derechos de televisación, estática audiovisual y publicidad virtual, para Uruguay y el resto del mundo, de los participantes en torneos a organizar con o por la AUF. Por ejemplo, pero sin limitación, la realización y organización de un Mundialito".


Para el caso de los torneos locales, el acuerdo incluye: "Los derechos de televisación y/o audiovisuales, estática audiovisual y publicidad virtual, para el Uruguay y el resto del mundo, de los torneos oficiales organizados por la AUF, así como la posibilidad de modificar la denominación de los torneos y llevar adelante una esponsorización oficial, por ejemplo del balón u otra especie. (...)"


Entre los "alcances de la cesión" se destaca que "todos los derechos cedidos por el presente contrato comprenden, sin limitación alguna, la difusión nacional e internacional por todo sistema de comunicación, abierto o cerrado, codificado o no, conocido o a crearse", abarcando, además, "todo aquello que haga al espectáculo deportivo en sí, y a vía de ejemplo: tomas de vestuarios, reportajes, conferencias de prensa, concentraciones, entrega de títulos, etcétera".


En el capítulo de las "obligaciones y derechos generales de las partes", la Asociación se compromete a "no autorizar, en los días en que se emiten partidos que explotará Tenfield, la emisión televisiva de otros jugados en el exterior por cualquier seleccionado de fútbol de Uruguay, o por cualquier equipo afiliado a la AUF"; también, a "tener en cuenta, al confeccionar el fixture de los campeonatos cuyos derechos son cedidos, las posibilidades de mejorar la programación para la explotación comercial de los mismos por Tenfield"; se obliga a ceder a la empresa el derecho de "proporcionar una contratación más ventajosa" de aquellos servicios relacionados con el espectáculo, como "por ejemplo los servicios médicos de emergencia", y a no modificar el cronograma de partidos "sin previa conformidad de Tenfield".


A cambio, la empresa acepta promover "la más amplia difusión de la actividad futbolística, propendiendo al aumento de público en las canchas y al desarrollo en general de este deporte, mediante la adecuada disposición de espacios publicitarios y periodísticos"; se compromete a cargar, en los desplazamientos de las selecciones nacionales, con los costos "de 25 pasajes aéreos, 22 en clase turista y tres en Business", además de "proporcionar la vestimenta de viaje y ropa deportiva para el plantel seleccionado, sin cargo alguno para la AUF". La última obligación de Tenfield consiste en "proporcionar a la AUF, con exclusivo destino para el fútbol local, 2.000 pelotas por año para ser utilizadas por los clubes".


Todo esto a cambio de 50 millones de dólares (36 para los clubes y 14 para a las selecciones nacionales), pagaderos durante los diez años de duración del contrato...


10- El espejo.


Eduardo Galeano


Cuando empezó el mundial de los juveniles, mi vecino torció la boca: "Con tanta Asia que hay, nos tenía que tocar la Malasia". Cuando Uruguay triunfó sobre Ghana y llegó a la final, mi vecino sospechó: "¿No aprovechará el gobierno para meternos algún aumento?". En la final ganó Argentina, y yo esperaba que él dijera: "Perdimos como siempre", pero en cambio dijo: "Jugamos como nunca". Y lo dijo con soles en la cara.


En las calles de Montevideo, la derrota se festejó con vuelo de banderas. A pesar del resultado, las calles fueron una fiesta. Al fin y al cabo, cualquiera de los dos pudo ganar ese partido limpio y parejo, y los uruguayos estamos agradecidos a estos muchachos que en los últimos tiempos nos han devuelto el fútbol lindo, el que disfruta la pelota: ese fútbol que el seleccionado mayor nos niega. Cuando Uruguay iba ganando, ellos no se refugiaron en el área chica ni recurrieron al vicio nacional del pase atrás y el pelotazo a donde salga y que Dios se ocupe: siguieron atacando sin perder la alegría del riesgo ni el placer de jugar. Y cuando íbamos perdiendo, no se arrugaron, y hasta el último segundo buscaron con ganas el gol del empate, que no se dio.


Huérfanos de apoyo oficial, pero desbordantes de entusiasmo, los muchachos nos han limpiado el espejo. Desde hace años, a los uruguayos nos resulta cada vez más deprimente reconocernos en el espejo opaco y sucio que nos devuelven las canchas.


De fútbol somos


La final del sub-20 enfrentó a las dos orillas del Río de la Plata, una de las regiones más futbolizadas del mundo. El lenguaje, los decires de la vida cotidiana, revela la condición futboldependiente de argentinos y uruguayos. Quien elude su responsabilidad o desvía la atención, tira la pelota afuera; para enfrentar una crisis, hay que parar la pelota o ponerse la pelota bajo el brazo; quien hace algo bien, mete un gol, y si lo hace muy bien, un golazo; un acto de deslealtad te patea de atrás; una buena respuesta es una buena atajada; quien está seguro de lo que hace es un dueño del área; juega en cancha embarrada quien enfrenta una situación en desventaja y queda fuera de juego quien se descoloca en alguna circunstancia; quien actúa contra sus propios intereses, se hace un gol en contra; al marido infiel echado de su casa, la mujer le ha sacado tarjeta roja.


En el caso nuestro, hay que tener en cuenta que fue el fútbol quien puso en el mapa del mundo, allá por los años veinte, a este pequeño país que tiene una población total equivalente a la de un barrio de Buenos Aires o a la de un suburbio de la ciudad de México. Los uruguayos encontramos en el fútbol un medio de proyección internacional y una certeza de identidad: aunque hoy día sobreviven con más vigor en la nostalgia que en la realidad, nos quedó la costumbre. El fútbol sigue siendo una religión nacional, y cada domingo esperamos que nos ofrezca algún milagro. La memoria colectiva vive consagrada a las liturgias de Maracaná: ya la hazaña está por cumplir medio siglo y la recordamos hasta el último detalle, como si fuera cosa de la semana pasada, y a su resurrección encomendamos nuestras almas.


El cuerpo y la sombra


Sin embargo, la verdad es que desde hace unos cuantos años nuestro fútbol profesional se ha aburrido y se ha ensuciado, se ha des-almado, a medida que el país caía en una espiral de decadencia que ha abatido a la educación pública y ha reducido a la nada, o a la casi nada, a la educación física. Se han marchado al extranjero nuestros mejores jugadores y los niños tienen cada vez menos canchas y menos estímulos para jugar al fútbol. Una industria de exportación, que vende piernas: cuando surge algún jugador que vale la pena, emigra a los países que pueden pagarlo, mientras los campeonatos locales, empobrecidos hasta la última miseria, languidecen en la mediocridad. Clubes en quiebra, tribunas vacías, una televisión que quiere fútbol gratis y unos dirigentes que pretenden cosechar sin sembrar.


Los mundos del mundo


Mal no viene recordar los juegos olímpicos, 2.500 años antes de la era de Juan Antonio Samaranch. En aquel entonces, cuando los atletas competían desnudos y sin ningún tatuaje publicitario en el cuerpo, la civilización griega formaba un mosaico de mil ciudades, cada cual con sus propias leyes y sus propios ejércitos. Los juegos que se celebraban en los estadios de Olimpia eran ceremonias religiosas de afirmación de la identidad nacional, una amalgama que juntaba a los dispersos y superaba sus contradicciones, una manera de decir: "Nosotros somos griegos", como si haciendo deporte recitaran los versos de La Ilíada o La Odisea, los poemas de la fundación nacional. Esta evocación no solamente paga tributo a las citas helénicas, que siempre quedan bien: yo creo que, salvando las distancias, no es ningún disparate suponer que el fútbol cumple, en La industrialización del fútbol, que la tele ha convertido en el más exitoso espectáculo de masas, uniformiza los estilos de juego y borra sus perfiles propios; pero la diversidad, porfiadamente, milagrosamente, sobrevive y asombra. El jugador alemán Netzer lo decía recientemente, en una entrevista, hablando sobre el fútbol europeo. Advertía Netzer que las reglas son las mismas para todos, pero cada pueblo se expresa a su manera y prefiere su propia manera de jugar: los alemanes aman la eficiencia del sistema y los italianos, el lucimiento técnico; los escandinavos practican el juego de equipo, todos para todos, y los españoles son más bien individualistas. Lo que Netzer dijo de Europa, vale para el fútbol latinoamericano y para todos los demás.


¿Acaso el fútbol brasileño no es parte, y parte muy importante, de la música brasileña? Una huella digital colectiva. Quiérase o no, créase o no, el fútbol sigue siendo una de las más poderosas expresiones de identidad cultural, de ésas que en plena era de la globalización obligatoria, nos recuerdan que lo mejor del mundo está en la cantidad de mundos que el mundo contiene.


Cada país es una cancha


Y no abundan, por cierto, los espacios donde pueden afirmar su identidad los países del sur, condenados a la imitación de los modos de vida que hoy por hoy se imponen, como modelos de consumo masivo, en escala universal. Desaparecida la industria nacional, olvidados los proyectos de desarrollo autónomo, desmantelado el Estado, abolidos los símbolos que encarnaban la soberanía, los suburbios del mundo tienen pocas oportunidades de ejercer el orgullo de existir y el derecho de ser.


Quizás por eso el fútbol ocupa un lugar tan importante en la realidad nuestra de carne y hueso, a veces el más importante de los lugares, aunque lo ignoren los ideólogos que aman a la humanidad pero desprecian a la gente. Lo prueban los hechos: pocas cosas ocurren, en América Latina, que no tengan alguna relación, directa o indirecta, con el fútbol.


En abril de este año, el municipio de Montevideo ofreció 150 empleos para la recolección de basura. Se presentaron 26.748 jóvenes. Para recibir a semejante multitud, no hubo más remedio que realizar el sorteo de los puestos en el estadio donde el Uruguay había ganado, en 1930, el primer campeonato del mundo. Un gentío de desempleados ocupó el escenario de aquella histórica alegría. El Centenario, símbolo de la felicidad nacional, se convirtió en albergue de la angustia colectiva. En vez de marcar goles, el tablero electrónico señalaba los números de los escasos jóvenes que encontraron trabajo. Y mientras eso ocurría en Montevideo, en Lima caían acribillados los guerrilleros que habían ocupado la embajada del Japón. Cuando los comandos irrumpieron, y en un relámpago ejecutaron su espectacular carnicería, los guerrilleros estaban jugando al fútbol.

Publicado en el Semanario Brecha

 

11- El fútbol como excusa.

Jorge Barreiro / Raúl Zibechi


Hasta hace 30 años a nadie se le ocurría celebrar segundos puestos en ese deporte-orgullo nacional que era el fútbol. La regla se rompió con el vicecampeonato mundial juvenil de Malasia, en 1997, cuando decenas de miles salieron a la calle. El peculiar segundo puesto de Asunción ratificó el nuevo fenómeno. ¿Las ganas de "festejar algo" podrán con todo?

Los festejos del domingo 18 no tuvieron tanto de sorprendente. Apenas Federico Magallanes convirtió el quinto penal contra Chile, asegurando el pase de "la celeste" a la final de la Copa América, todos sabíamos que poco después de la final mucha gente se volcaría sobre 18, independientemente del rival y más allá del resultado. Los uruguayos ya habían festejado el triunfo sobre Paraguay y Chile, pero para el domingo se preparaba la celebración mayor.


Poco después de las ocho de la noche, miles de personas comenzaron a hacer confluir sus euforias hacia la plaza Libertad. Preguntarse qué festejaban o por qué lo hacían -para la cultura del Uruguay tradicional es absurdo celebrar una derrota futbolística o un segundo puesto-, parece a estas alturas un ejercicio de lelos o de intelectuales soberbios. Y es que lo importante, quizá, sea no tanto responder esas interrogantes sino describir el cómo de los festejos que parecen irse institucionalizando cada vez que una de las selecciones nacionales de fútbol traspasa los límites de la serie clasificatoria en los que ha estado habitualmente circunscripta en los últimos años.


Difícil establecer los barrios de origen de quienes se agolpaban la semana pasada en 18, aunque, por la vestimenta y los estilos, podía adivinarse que la mayoría provenía de las zonas más alejadas del Centro. La edad promedio rondaba los 20 años; pocos, muy pocos, superaban los 25. El porcentaje de chicas no era sensiblemente inferior al de varones y abundaban los niños. Saltaban a la calle enfundados en banderas uruguayas -las había también de Peñarol, de Nacional, de Cerro-. Brincaban, bailaban y, sobre todo, gritaban. O cantaban, o entonaban estribillos entrecortados, esa forma de expresión tan común en las tribunas como en las manifestaciones juveniles. Unos cuantos llevaban las caras embadurnadas de blanco y azul y se movían al ritmo de los tambores. Gestos desafiantes quizá espoleados por la sobreabundancia de policías; actitudes "pesadas", teatralizando una violencia apenas contenida, modos alejados de los que acostumbran las clases medias cultas y educadas. Sorpresa y pico: se grita contra los argentinos. El estribillo inconfundible: "Para los argentinos que lo miran por tevé". El mismo cántico que gritan los estudiantes, pero con "Rama" en lugar de "los argentinos". Y ahí otra pista: como los tambores domingueros, extendidos por toda la geografía urbana, los festejos deportivos combinan diversión y protesta o, por lo menos, exteriorizan una forma de ser que cotidianamente no encuentra espacios para hacerlo. De ahí que los que salen a la calle en ocasiones como ésta sean aquellos a los que habitualmente la sociedad no les reconoce un lugar: los jóvenes de clase media tirando a pobres. Los que no tienen un futuro asegurado, y a veces ni siquiera un futuro, en el Uruguay de la globalización. Los que a fuerza de frustraciones y marginación -más cultural y espacial que económica- van fraguando en la sombra estilos y modos en los que no se reconoce el resto de la sociedad. ¿Una cultura diferente? Quizás. Por ahora, ni más ni menos que un mundo dentro de otro mundo. Que aprovecha las brechas que le brinda la competencia futbolística como excusa para festejar, a su modo y con sus propios códigos.


INTERPRETACIONES

En una de sus habituales columnas radiofónicas de opinión, el sociólogo Rafael Bayce se preguntaba por esa inclinación cada vez más frecuente de los uruguayos a celebrar los "triunfos" deportivos. Trátese de campeonatos mundiales, continentales, preolímpicos, juveniles, de mayores, se alcance un cada vez más improbable título, un vicecampeonato o la simple clasificación a un mundial, siempre que haya una oportunidad de festejar (por lo visto escasa en otros ámbitos) se festeja. Incluso aquellos resultados que hace 20 años no hubieran conmovido a nadie. ¿Se puede imaginar siquiera lo que sucedería en 18 de Julio si Uruguay llegara hoy a una semifinal de una Copa del Mundo de mayores? La última vez que ello ocurrió (en el Mundial de 1970, donde se logró un cuarto puesto) en este país a nadie se le movió un pelo.


En opinión de Bayce, "un triunfo deportivo representa muchas cosas más, valoradas positivamente. Representa juventud, buena nutrición, salud física y mental, disciplina, habilidad, talento, rendimiento colectivo. En definitiva, habla bien de un país que gana". Ello explicaría, por ejemplo, que durante la Guerra Fría hubiera una competencia en los Juegos Olímpicos en torno al número de medallas que obtenían los países del Este y cuántas los países occidentales.


En lo que atañe a Uruguay, Bayce sostiene que cuando en 1986 la encuestadora Gallup hizo un sondeo en todos los países que iban a intervenir en la Copa del Mundo sobre qué probabilidades de ganar le asignaban a su propia selección, los uruguayos eran los que más sobredimensionaban su chance respecto a las posibilidades estadísticas reales. "Todos los países se sobrevaloraban, pero ninguno al grado en que lo hacía Uruguay", comenta Bayce.


Entre las causas de este singular fenómeno, el sociólogo señala que el hecho de que sean sólo los eventos futbolísticos y no otros (en los que eventualmente se pusiera de manifiesto el talento vernáculo) los que merecen la pública algarabía, se debe a que "el mejor odontólogo, el mejor arquitecto, el mejor poeta (en el caso de que pudieran elegirse) serían el resultado de una competencia no dramática. En el deporte la competencia es dramática. No sólo se celebra la conquista, sino que se trata de una catarsis, una explosión de los miedos y las ansiedades que se viven antes de y durante el partido".


Por lo demás, el triunfo futbolístico "es el triunfo de los que son como nosotros. El que triunfó es un tipo al que podríamos conocer. (...) La gente se reconoce más en la extracción popular del triunfo deportivo que en la extracción de alguna manera elitista, inalcanzable, del triunfo en las artes, las letras o las ciencias". Claro que, de acuerdo con el columnista de El Espectador, estas manifestaciones de júbilo popular también ocurren en Uruguay porque son confirmatorias de "la identidad y los valores nacionales. Se festeja tanto un triunfo deportivo porque hay una marca de identidad muy fuerte y hay una diferencia de dramaticidad y de popularidad en el hecho del triunfo deportivo frente a otros triunfos posibles".


Sin embargo, esas supuestas identidades nacionales no parecen haberse modificado sustancialmente en los últimos 15 o 20 años, mientras las exigencias mínimas para el festejo sí se habrían devaluado enormemente. Dicho en otras palabras: o la gente tiene ganas de festejar cualquier cosa, y sólo necesita la coartada que no encuentra en otros ámbitos de la vida social, o ha tomado definitivamente conciencia de que en la era del fútbol moderno, del fútbol/espectáculo, Uruguay ya no volverá a ser campeón. Más vale entonces festejar segundos, terceros y hasta cuartos puestos.


Al respecto dice Bayce: "Cuando empezó a no ganarse siempre se empezó a sentir que Uruguay se terminaba como país y que nuestro orgullo y nuestra autoestima se terminaban si no se ganaba en el fútbol. Fue un período muy negro. Porque eso le provocó una carga espantosa a los jugadores de tener que quitar como Andrade, sacar de cabeza como Nasazzi, ser capitanes como Obdulio Varela, hacer los goles exquisitos de Schiaffino, o los goles de Míguez o lo que fuera. Y eso fue muy contraproducente". Hasta que llegó la generación de Víctor Púa, que mandó a parar con el lamento. Primero con los juveniles sub-20 que en Malasia llegaron al vicecampeonato mundial, luego con esta "selección B" sin estrellas, que alcanzó el segundo puesto continental (aunque sea perdiendo tres partidos y ganando uno solo en los 90 minutos). En este sentido, Bayce justifica la mayor ligereza para festejar: "¿Por qué hay que ganarle a Alemania? ¿Por qué hay que bajonearse si no se le gana a Alemania? Es un disparate. La gente empezó a darse cuenta de que hay que festejar aunque no se salga primero".


Eso no le impide al sociólogo reconocer que, en el fondo, lo que hay son muchísimas "ganas de festejar algo. La gente quiere festejar cosas". Como quien dice, el nivel en el que se pone el listón para habilitar la fiesta es cada vez más bajo. Lo que no deja de tener su lado positivo en un país tan poco dado a dar vía libre a sus pasiones.

Publicado en el Semanario Brecha

 


12- Metamorfosis de un deporte.

Amir Hamed

El fútbol cocacola

Nada más anacrónico que aquello de que el fútbol es once contra once y la pelotita en el medio. Ya hace tiempo que la cámara y las pantallas de televisión han trasladado el balompié a otra parte.

Un hombre pájaro, sostenido de la tribuna y colgando hacia la cancha, con los colores de Colombia, está desde hace años en todos los partidos de su selección. Todo su cuerpo en el vacío, entre las gradas y lo verde, ese pájaro con menos de humano que de hincha, probablemente sin saberlo, trata de resolver el vacío del fútbol cocacola. Por supuesto, este fanático ha tenido imitadores (entre otros, también tiene su ave torcedora la selección brasileña). Esta metamorfosis que volvió anacrónico al viejo público futbolero, que hace del hincha algo parecido al ave, al héroe o al palurdo -en Francia 98 los hay con cuernos, los hay como osos- es sólo un epifenómeno de los cambios que ha sufrido el balompié.


Aquel espacio verde bien regimentado, poblado por 22 jugadores, una pelota y un árbitro -que solía vestir de negro-, con dos linesmen trotando del corner al medio de la cancha, se ha transformado en otra cosa. Antes, fuera de la cancha estaban las tribunas y, continentándolo todo, encriptando la magia del juego, el enigma que lo volvía imaginable, desbordante o fabulable, estaba la mole ciega del estadio. Era el fútbol para el que se pagaba entrada o, en su defecto, se escuchaba por radio. Para decirlo de otro modo, Abbadie, Rocha, Santamaría o Sanfilippo eran jugadores menos vistos que imaginados. Quienes asistían a los partidos eran apenas una fracción muy reducida de los pretendidos conocedores de fútbol. Los relatos deportivos, o las fotos de prensa, amplificaban las leyendas y convertían a los futbolistas en seres no muy creíbles, en héroes de mitologías pordioseras o grandilocuentes. Aquellos que llegaban al estadio eran los testigos de ese chimento, los que a su turno estarían a cargo de repetir, siempre magnificando, lo que sucedía en un caldeado campo de juego. Porque, ya como testigos, ya como escuchas, lo indiscutible es que entonces el estadio era una especie de templo que daba lugar a una ceremonia abigarrada pero secreta, un cuchicheo que terminaba convirtiéndose en mito. Sin embargo, la televisión lo ha cambiado todo. Ya no hay dos oncenas de jugadores, ya no hay un árbitro a quien aborrecer. Se puede decir que, ahora, dentro de una cancha de fútbol, no hay nadie.


CUANDO SE TERMINA EL VACÍO


La cámara ha vaciado la cancha y los jugadores, desde hace unos años, existen, por sobre todo, para la pantalla. Coreografían sus goles para el satélite y están, en buena medida, fuera del estadio, en las salas de millones de hogares y receptores, participando de las sobremesas o las papas chips, pensándose a sí mismos, más allá de la jugada, en otra toma insuperable, en el mejor ángulo que aparecerá, fatalmente, en cámara lenta. Se puede pensar que México 86, el mundial de la mano de Dios, fue la inflexión que cambió el venerable deporte en lo que es hoy, el fútbol cocacola. En aquella ocasión Steven Spielberg sustituyó la ceremonia inaugural por un mediometraje; las reglas cambiaron hacia el fair play (limpieza de juego, y limpieza de imagen) y ya las cámaras no dejaban lugar a equívocos: fue con la mano que Maradona le ganó a los ingleses. En ese mundial, también, los mexicanos exportaron para el mundo futbolístico una práctica que incorporaron de las ligas de béisbol de Estados Unidos: la ola. Ya era evidente que el calor del partido se había retirado de esa cancha vacía y había derivado hacia la tribuna, que se había convertido en la estrella del espectáculo. Desde aquel momento, lo que conocemos hoy. Primero el espíritu del fúbol se corrió a las graderías y Francia 98 acaba de mostrarnos que el fútbol ya ni siquiera está ahí; incluso se ha desplazado hacia afuera del estadio. Durante el mes transcurrido, Francia ha sido una caleidoscópica batahola discurriendo por todas partes; y entre barras bravas y pintoresquismos se ha dado -no dentro de la cancha- lo más relevante del mundial que termina.


SALVE LA HINCHADA


Los estadounidenses, que desdeñan nuestro bienamado deporte, lo han reinventado a su pesar. En primer lugar, es preciso recordar que la filmación de su fútbol americano requiere decenas de cámaras para brindarle al televidente dónde "en verdad" se está desarrollando el juego (una de las estrategias básicas de ese deporte es esconder la pelota de la vista del rival). Este juego de cámaras, vertical, ha sido copiado por los franceses en este mundial. Con dos decenas de cámaras, como tienen los partidos mundialistas, no hay detalle que se escape; se terminó el misterio. Después de infinidad de tomas y repeticiones, no quedan dudas. Fue o dejó de ser penal, mereció la expulsión o debió quedarse en la cancha, etcétera. En definitiva, el panóptico en que se ha convertido este deporte hace que los jugadores estén ahí menos para competir que para ser "juzgados". En el mundial de Estados Unidos 94, por ejemplo, un defensor italiano que cometió una falta no advertida por el árbitro fue de todos modos sancionado por la fifa, gracias al testimonio implacable del video. Esto quiere decir que, en buena medida, ya "están fuera" del propio partido que están jugando, alienados en la cámara. Están pintados, como suele decirse, algo que asumieron los jugadores de Rumania, platinándose las cabezas.


Por otra parte, hace décadas ya que el soccer viene corriendo detrás del básquetbol profesional estadounidense, donde el deporte sigue las reglas del espectáculo y del entretenimiento. Esas reglas produjeron a Michael Jordan, una mezcla de basquetbolista, tanqueta y ballerina, o a Dennis Rodman, el primero en teñirse el cabello, a quien, luego de sus jornadas de cuerpear a Karl Malone, y de haber sido apodado "Rodzila" en honor al taquillero endriago japonés, le han ofrecido participar en muy bien pagas sesiones de lucha libre. Además, los cambios en las reglas, la saturación de partidos y torneos, acercan el fútbol a la levedad de la nba. Un prodigio que, dada su reiteración, termina siendo intrascendente. Casi no se puede hablar de derrotados, ni de victoriosos. Antes, la victoria era definitiva; ahora la revancha es perpetua.


A la verticalidad de la cámara, por otra parte, la acompaña una lateralización de la intensidad. Si cualquiera puede ver los partidos -más cómodo, con mayor claridad, y sin las colas insensatas del entretiempo-, aquellos que concurren al estadio y verifican la nimiedad que es el fútbol sin cámara lenta ni replay, bien pueden arrogarse el protagonismo, sentirse los verdaderos actores del deporte. Eso es una de las raíces del hooligan y del barra brava, pero tambien de la infinidad de personajes pintorescos que hoy discurren por las calles francesas, con las caras pintadas, disfrazados de animales futuristas.


JUEGO DE TRIBUS


Puede argumentarse que esta necesidad de participar es parte de la retribalización. Es el manifestarse de la etnia, que se agrupa en torno a camisetas, a señales de pertenencia. Son esos hinchas los que le dan densidad al evento deportivo que, succionado por las cámaras, termina siendo pura superficie (algo similar a lo que sucede con el cine, cuyo héroe actual parece ser el backstage). Frente a la vacuidad del fin de siglo y del nuevo soccer, a la superficialidad irremediable de la pantalla, la tribu contrapone su signo en la piel, porque es ése el último lugar donde es posible registrar la adhesión. Y nadie habrá dejado de advertir que el fosforescente desfile gay -la reivindicación de una etnia- que coincidió con el mundial en las calles de París, con mucho de corso, pareció apagado y marchito en comparación con el perpetuo y desorganizado desfile de los fans de los 32 países que han pasado por Francia.


Lo menos importante, en todo este acontecimiento, parecen ser los partidos. Mientras éstos se disputan, cientos y miles, en las calles de las distintas ciudades y a pleno sol, siguen a sus camisetas fuera de los estadios, a través de la pantalla gigante. Y lo que hacen no es un despropósito. Por el contrario, les asiste razón, porque los personajes de este mundial carente de jugadores (por ahí andan el obsecuente Pelé de Mastercard y el resentido Maradona) son los hinchas. Con ellos, lejos de la cancha, fuera de los estadios, se quedó (cuando no en una pantalla) el espesor del fútbol. Bebiendo en las calles, al rayo del sol.

Publicado en el Semanario Brecha

 

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